02-09# Del Capítulo 7 de la Regla de Nuestro Padre San Benito: De la humildad
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El duodécimo grado de humildad es si no sólo la conserva el monje en su interior, sino que también la manifiesta en su porte a cuantos le ven. Quiero decir, si en la labor, en el templo, en casa, en la huerta, en el camino, en el campo y en todo lugar, sea sentado, andando o parado, tiene siempre la cabeza inclinada, abatida la vista hacia la tierra; y contemplándose continuamente por sus culpas como reo y que ya es presentado en el tribunal divino, repite en su interior aquello del publicano, fijando su vista en el suelo: «No soy digno, Señor, por mis pecados, de levantar al cielo mis ojos», y también: «Encorvado y abatido estoy del todo». En subiendo todos estos escalones de humildad, llegará el monje a aquel amor divino que, siendo consumado, expele el miedo; y por él comenzará a hacer como naturalmente y por costumbre lo que antes ejecutaba con timidez; no ya por temor del infierno, sino por amor a Cristo, por la buena costumbre y por el deleite de la virtud, lo cual tendrá el Señor a bien manifestar en su obrero ya limpio de culpa y vicio por el Espíritu Santo.
